Antes de fundarse Studio Ghibli, el maestro Takahata había hecho muchos trabajos dignos de halago. Uno de estos es la película que vamos a reseñar, situada en el Japón rural de la época Taisho. Es de admirar que este hombre sea capaz de adaptarse a géneros tan diversos, más aún que su polémico compañero. Esta vez optó por crear una obra que podría encuadrarse casi totalmente en el género musical, aunque tiene sus momentos cómicos (con algo de slapstick).
La película tiene por tema exclusivo el progreso del protagonista como músico, a partir de una serie de pequeños pasos donde aprende algo nuevo gracias a un grupo de animales. El filme se centra únicamente en la figura del personaje principal y su crecimiento, dejando de lado cualquier otro personaje y convirtiendo a los animales en artilugios de la trama dispuestos a ayudarle a alcanzar su objetivo. Algo que sería malo de no estar volcada la película en el asunto primordial. La narración es muy simple y no deja lugar a dudas con lo que pretende. No hay nada accesorio ni deja nada pendiente.
En un primer paso, la historia nos presenta el problema que posee Goshu. Su música parece falta de emoción o sentimiento. También tiene problemas para alcanzar al resto y eso le provoca cierta frustración, más aún porque solo falta semana y media para el recital en el que toca. A continuación, nuestro joven violoncelista vuelve a casa y durante la noche se pone a practicar con ahínco, bajo la atenta mirada de un retrato de Beethoven que le mira enfurecido. Casi se podría decir que está evaluando su desempeño mediocre, pero luego algo ocurre. Un gato que habla entra en su hogar y le pide tocar algo menos difícil. Evidentemente nuestro amigo concentrado se molesta, pero la tozudez del animal le obliga a darle una lección. Fingiendo aceptar su propuesta toca algo que desconcierta al gato y hace que este sea manipulado por su música. Tras lograr echarlo, Goshu se alegra. No obstante, no se da cuenta de algo: ha aprendido a divertirse y dar a su música emoción. Y así, noche tras noche, cuando nuestro amigo se dispone a practicar es visitado por un nuevo animal (un cuco, un mapache y unos ratones) que le hace una proposición. Intenta negarse a sus solicitudes, pero su insistencia terminan por convencerlo. Y, poco a poco, sin darse cuenta crece como músico aprendiendo aquellas cosas que le faltaban para perfeccionar su manera de tocar. Finalmente, el día del recital llega y nuestro amigo lo hace tan bien que el público pide más y toca una pieza en solitario que es nuevamente aplaudida. Creo que de vez en cuando conviene probar ideas más simples que enredarse en tramas mucho más complicadas.
El otro aspecto a considerar es la misma música que crea una atmósfera inmersiva que te introduce rápidamente dentro de la película. Obviamente hablamos de música clásica y, concretamente, la pieza más importante aquí es la Sinfonía nº6 de Beethoven, "La Pastoral". Se trata de una oda a la naturaleza. Otras piezas aparecen mencionadas por el protagonista como "Indian Tiger-Hunt" o "Merry Coachman", así como un tema musical conocido durante la proyección de un corto animado en una sala de cine. El caso es que el uso de la música tuvo un gran mérito al tener en cuenta los propios movimientos de la obra musical de Beethoven. Por ejemplo, el inicio de la película comienza con un potente arranque de la pieza -conocido como «Relámpagos.Tormenta» que describe con explosiones sonoras los propios retumbes de la tormenta que acaba de oscurecer el campo y además tiene ese tono serio que coincide con los nervios del protagonista en la práctica. Al día siguiente, vuelve a sonar la Pastoral, pero esta vez opta toma la parte más alegre y relajada coincidiendo con ese bonito día soleado. Otro detalle que se debe resaltar es el poder mágico de la música que se demuestra en el gato manipulado por el cello de Goshu y el ratoncito que se cura tras oír su música.
Finalmente deberíamos hablar de las mayores lacras de la película. En primer lugar, se puede señalar el ritmo lento que posee. No es una película que dure mucho, pero da la impresión de que se pudo reducir aún más su duración a casi la longitud máxima de un cortometraje. Este hecho lo reafirma otro punto: el personaje único. Hay más personajes, pero la atención está totalmente volcada en él y el resto ni siquiera tienen nombre. No obstante, es un personaje del que poco sabemos más de su empeño por querer mejorar en el arte de la música. Por último, la animación tenía bastante margen de mejora en comparación con otras películas salidas en sus años. Su calidad no dista demasiado de una serie de televisión de su tiempo, aunque hay que destacar esos fondos barrocos que representan bien la época Taisho.
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